Resumen
La inteligencia artificial refuerza un sesgo de criterio: la inclinación a juzgar lo humano por su eficiencia, su rendimiento o su precio. Este texto presenta la Academia Tilistli, un programa de formación ética y cívica laica que se propone corregir ese sesgo en niños, jóvenes y adultos. Expone sus siete preceptos —reglas del método, no doctrinas—, el itinerario de doce talleres que los ordena, las ocho capacidades que busca desarrollar con sus evidencias observables y los instrumentos con que se propone medirlas. El método combina relatos y obras de arte, un análisis catártico en seis preguntas y la deliberación en comunidad, con el juicio reflexionante de Kant y Arendt como herramienta central.
Palabras clave: formación ética; juicio reflexionante; inteligencia artificial; educación cívica; catarsis; pedagogía del sometimiento; pedagogía negra; sesgos sistémicos.
Este texto es complementario de un ensayo del mismo autor actualmente en evaluación editorial. Comparte con él la definición del término «sesgo de criterio» y un experimento mental breve, ambos de autoría propia.
1. El problema: saber hacer sin saber juzgar
La educación profesional forma para hacer, y da por supuesto que alguien más formará para juzgar. Se espera que la familia, la escuela o el entorno desarrollen la ética, el criterio, la responsabilidad y la capacidad de convivir. Muchas veces nadie lo hace. El resultado son personas técnicamente competentes que nunca tuvieron un espacio para examinar sus convicciones.
Ese vacío siempre tuvo costos, pero hoy se amplifican. La inteligencia artificial es la forma más acabada de lo que Max Horkheimer (1947/2002) llamó razón instrumental: calcula los mejores medios para fines que nadie examina. Cuando esa lógica se aplica a personas sin que nadie juzgue, el resultado puede ser un daño masivo sin culpables visibles. En Países Bajos, un sistema algorítmico para detectar fraude en subsidios infantiles señaló como sospechosas a decenas de miles de familias y produjo perfilamiento étnico (Amnistía Internacional, 2021). Nadie en la cadena se detuvo a preguntar si lo que el sistema decidía era justo.
Hannah Arendt (1963/1999) llamó banalidad del mal a este patrón: el daño que causan personas comunes que cumplen su función sin pensar desde el lugar de los otros. El mal es el mismo que Arendt describió; la tecnología multiplica su alcance. La única forma de mitigarlo es formar el juicio.
A ese patrón puede llamársele sesgo de criterio: la inclinación sistemática a juzgar lo humano con los criterios de la técnica, como la eficiencia, el rendimiento o el precio. La inteligencia artificial no lo inventa, pero lo refuerza cada día. Un estudio con 666 participantes asoció el uso frecuente de herramientas de IA con menor pensamiento crítico, y observó que el nivel educativo amortigua ese efecto (Gerlich, 2025). La correlación no prueba una causa, pero señala dónde trabajar. El problema ya está en la agenda internacional. El marco de competencias de IA para estudiantes de la UNESCO (2024) pone en el centro la agencia humana, el pensamiento crítico y el juicio ético. Y en América Latina y el Caribe, una encuesta regional en 200 instituciones de 19 países halló que la IA ya se usa mientras las reglas para gobernarla siguen pendientes (Valentini, 2026). Lo que falta no es diagnóstico, sino formación.
Tilistli nace para corregirlo. Su academia atiende un espacio formativo que es a la vez ético, cívico y, en un sentido laico, espiritual. En estas páginas se le llama Academia Tilistli, o simplemente la Academia, y se sostiene en siete preceptos. Son preceptos sobre cómo se forma el juicio, no sobre lo que hay que concluir: obligan al programa, no a quien participa en él. Cada uno responde a una pregunta: qué formar, con qué, cómo empezar, dónde, a quién, con qué horizonte y para qué. Las secciones siguientes los exponen uno por uno. Al final se explica cómo se llevan a la práctica, cómo se mide lo que se logra, cómo llega a las personas y por qué el proyecto se llama Tilistli.
2. Primer precepto: formar criterio, no opiniones
La Academia rechaza dos atajos. El dogmatismo ofrece respuestas cerradas y le ahorra a la persona el esfuerzo de juzgar. El relativismo sostiene que todas las opiniones valen lo mismo y le ahorra a la persona el esfuerzo de argumentar. Los dos llegan al mismo lugar: nadie tiene que pensar.
La posición de la Academia es intermedia y se resume en una distinción. Las opiniones pueden expresarse y cuestionarse con libertad. Las decisiones, en cambio, deben rendir cuentas ante tres instancias: las razones que las sostienen, las consecuencias que producen y los principios que respetan o violan. Una opinión puede ser personal; una decisión que afecta a otros no lo es.
Juicio reflexionante
Es la herramienta que atraviesa todo el programa. Kant lo definió como el juicio que parte de un caso particular y busca la regla que no está dada (Kant, 1790/2003). Arendt (1982/2003) lo consideró la facultad política por excelencia: la que permite resolver un caso sin precedente pensando desde el lugar de los demás. La Academia lo entrena en las situaciones que más lo necesitan: aquellas donde ninguna regla basta y ningún sistema puede decidir por nosotros.
3. Segundo precepto: el juicio se aprende con ejemplos
Nadie aprende a juzgar leyendo definiciones. Se aprende viendo cómo otros juzgaron, acertaron o fallaron. Por eso la Academia se organiza alrededor de una figura: el héroe. Lo heroico no da nombre al programa, pero lo atraviesa de principio a fin: es la medida con la que cada participante examina sus propias decisiones.
El héroe de Tilistli carece de poderes extraordinarios. Es quien ejerce su libertad con responsabilidad frente a sí mismo y frente a los demás.
La figura tiene raíces antiguas. En la tradición griega, el héroe encarnaba la areté, la excelencia que Aristóteles convertiría después en virtud: el hábito de elegir bien (Aristóteles, ca. 350 a. C./1985). Joseph Campbell (1949/1959) propuso que las culturas del mundo comparten una estructura narrativa del viaje heroico: alguien deja lo conocido, enfrenta una prueba y regresa transformado, con algo que ofrecer a su comunidad. Esa estructura es también la de cualquier proceso formativo.
La Academia usa al héroe como ejemplo, no como ídolo. Kant llamó a los ejemplos las andaderas del juicio: lo que necesita quien aún carece del talento de juzgar por sí mismo (Kant, 1781/2013, A 134/B 174). Hannah Arendt (1982/2003) retomó esa idea: juzgamos lo particular con ayuda de figuras ejemplares que nos muestran, en un caso concreto, qué significa la valentía, la justicia o la bondad.
El héroe tiene su contracara. María Pía Lara (2009) sostiene que comprendemos el mal menos por definiciones que por relatos: tragedias, novelas, testimonios. Para Lara, el juicio reflexionante se forma en la relación entre un acontecimiento, su narración y la manera en que el público la recibe y la discute. Por eso la Academia trabaja con dos tipos de relatos: los que muestran el bien que alguien eligió y los que muestran el mal que alguien permitió. Los dos enseñan a juzgar.
Cada taller parte de un relato. Los relatos del bien ofrecen ejemplos que orientan el juicio; los relatos del mal muestran cómo ocurre el daño cuando falta el juicio. Siguiendo a Lara (2009), el programa no usa los relatos para transmitir moralejas, sino para abrir una deliberación pública sobre lo que el relato revela.
El riesgo de esta figura es el culto a la personalidad o la idea de que la ética es asunto de seres excepcionales. La Academia lo evita con una regla: el héroe que importa es el cotidiano, la persona común que, en una situación común, se detiene a pensar antes de actuar.
4. Tercer precepto: sin catarsis no hay juicio
Un relato que no conmueve no forma el juicio. Por eso la Academia incorpora la catarsis como fase propia, entre la experiencia y la reflexión. Aristóteles la describió como el efecto de la tragedia: provocar compasión y temor para transformarlos (Aristóteles, ca. 335 a. C./1974). En el taller, la catarsis es el momento en que cada participante reconoce y nombra lo que la obra le provocó, compasión, temor, indignación o esperanza, antes de razonar sobre ello.
La Academia evita el error de reducirla a desahogo. Un experimento clásico encontró que descargar el enojo golpeando un saco de boxeo aumenta la agresividad en lugar de reducirla (Bushman, 2002). Por eso la catarsis del taller siempre va acompañada de sentido y de comunidad: la emoción se nombra, se comparte y se convierte en materia de reflexión.
Las obras pueden ser tragedias, novelas, canciones, películas o testimonios. Para analizarlas y elegirlas, la Academia usa un método de análisis catártico en seis preguntas: qué presenta la obra, con qué personaje te identificas, qué provoca y con qué medios, qué transforma, qué revela sobre el bien o el mal, y qué juicio invita a formar. La pregunta por la identificación abre la catarsis: nos conmueve lo que reconocemos como posible en nosotros, sea en la víctima o en quien causa el daño. Con niños, la emoción puede expresarse primero con dibujos o palabras sencillas; con adultos, en diálogo directo.
La pregunta por la transformación funciona también como criterio: lo que emociona sin transformar es estímulo, no arte. Aprender esa distinción protege a los participantes frente a contenidos diseñados para manipular la emoción. Y cuando la obra transforma, puede acercarse a lo que Kant llamó lo sublime: nos confronta con lo que nos rebasa y nos devuelve conscientes de nuestra dignidad y nuestra responsabilidad (Kant, 1790/2003, 23-29). Catarsis y sublime no son el mismo concepto; el taller trabaja donde se tocan.
De la catarsis al juicio: un experimento mental
Laura revisa expedientes en una agencia donde un algoritmo señala posibles fraudes en subsidios. Una noche ve un documental sobre una madre sancionada por error y llora: hay catarsis, pero todavía no juicio. El lunes, ante el expediente de una solicitante con doble nacionalidad, recuerda a esa madre y se pregunta por primera vez por qué el origen de alguien cuenta como indicio de fraude. La catarsis hizo posible el juicio.
El experimento muestra que la catarsis es más que empatía. La empatía es su puerta: la identificación con quien sufre. La catarsis añade el reconocimiento de uno mismo y la distancia que evita que la compasión se vuelva horror (Aristóteles, ca. 350 a. C./1990). Y como la empatía ilumina a quien está cerca y deja a oscuras a los demás (Bloom, 2016/2018), la Academia no se detiene en ella: la lleva al juicio, que alcanza a quienes la empatía no ve.
Laura necesitó un documental y una casualidad para llegar al juicio. Tilistli busca que ese recorrido deje de depender del azar.
Apología o catarsis
La Academia también trabaja con obras que glorifican el mal, como algunos corridos o series sobre el narcotráfico. Lo que distingue a una de otra no es el tema, sino el trato que da al mal y lo que deja en quien la recibe. Una invita a imitar; la otra, a comprender para no repetir. En el taller, esa distinción se somete a una pregunta: al terminar la obra, ¿quiero parecerme al personaje o temo parecerme a él?
Como esa línea depende también de la recepción, un contenido apologético analizado en comunidad con las seis preguntas puede volverse material de catarsis. Prohibir una obra puede retirarla de un escenario, pero no forma el juicio de quien la escucha en su teléfono. Formar la recepción es, precisamente, la función de la Academia.
5. Cuarto precepto: el juicio se forma en comunidad
El juicio no se forma a solas. Se forma preguntando, escuchando a otros y defendiendo lo que uno piensa ante quienes piensan distinto. Por eso el programa trabaja siempre en grupo.
Mayéutica
El facilitador no transmite respuestas: provoca la reflexión con preguntas. Es el método de Sócrates, que partía de reconocer la propia ignorancia para buscar la verdad en diálogo con otros. El facilitador de la Academia Tilistli no es un maestro de moral, sino alguien que ayuda a que cada participante examine sus propias razones.
Análisis en comunidad y sentido comunitario
En la Academia ninguna obra se analiza en solitario. Kant llamó sensus communis a la capacidad de juzgar tomando en cuenta el modo en que juzgarían los demás. La resumió en tres máximas: pensar por uno mismo, pensar en el lugar de cualquier otro y pensar de manera consecuente (Kant, 1790/2003, § 40). Cada taller las ejercita en ese orden. El participante formula su propio juicio; el grupo confronta las distintas identificaciones con la obra, con la víctima, con el perpetrador o con el testigo; y cada quien revisa si su juicio se sostiene sin contradicción.
En el terreno moral, Kant pensó algo parecido con el reino de los fines: la comunidad de quienes se tratan siempre al mismo tiempo como fines, y nunca solamente como medios (Kant, 1785/2012). No es el mismo concepto que el sentido comunitario del juicio, pero los dos exigen lo mismo: pensar desde el lugar del otro. El objetivo no es el consenso. Es que cada juicio pueda comunicarse y defenderse ante los demás, lo que Arendt (1982/2003) describió como ir de visita a la posición de los otros sin abandonar la propia. Los algoritmos nos rodean de personas que ya piensan como nosotros. Frente a eso, el taller ofrece lo que las Grandes Dionisias ofrecían a Atenas: una recepción pública de la obra, donde la emoción compartida se convierte en juicio colectivo.
6. Quinto precepto: el criterio no llega con la edad
La Academia se dirige a tres públicos, con el mismo contenido y métodos distintos:
Niños, en la etapa en que se forman los primeros hábitos de juicio y convivencia.
Jóvenes, en el momento de construir identidad y asumir responsabilidades propias.
Adultos, porque no puede darse por hecho que la edad trae consigo preceptos morales examinados. Muchos adultos nunca tuvieron un espacio para revisar sus convicciones, y la educación técnica que recibieron tampoco se los ofreció.
La prioridad son quienes no han tenido acceso sistemático a las humanidades. La filosofía suele quedar reservada a quien estudia una carrera humanística; la Academia parte de que el juicio ético es una capacidad que toda persona necesita y que toda persona puede desarrollar.
Aprendizaje experiencial, según la edad
La estructura común es el ciclo de aprendizaje experiencial de David Kolb (1984): experiencia concreta, observación reflexiva, conceptualización y experimentación activa. El programa lo adapta al terreno ético: la catarsis profundiza la experiencia concreta y la abre a la reflexión, el juicio y la decisión ocupan el lugar de la conceptualización, y la acción responsable el de la experimentación.
El contenido es el mismo para todas las edades; el método cambia:
Con niños y jóvenes, la referencia es Filosofía para Niños, el programa que Matthew Lipman desarrolló desde los años setenta. Su núcleo es la comunidad de indagación: el grupo parte de un relato, formula sus propias preguntas y las discute con razones (Lipman et al., 1992).
Con adultos, la Academia sigue los principios de la andragogía de Malcolm Knowles. Los adultos aprenden mejor cuando entienden para qué aprenden, cuando su experiencia se reconoce como recurso y cuando el aprendizaje gira en torno a problemas reales (Knowles et al., 2001). Por eso los talleres para adultos parten de dilemas del trabajo, la familia y la vida pública.
Sobre la evidencia
Filosofía para Niños es el enfoque de indagación filosófica escolar más evaluado, y sus resultados son mixtos. Un primer ensayo en escuelas primarias de Inglaterra encontró unos dos meses de avance adicional en lectura y matemáticas, mayor entre alumnos en desventaja (Gorard et al., 2015). Un segundo ensayo, con 198 escuelas, no encontró efecto en el rendimiento académico ni en las habilidades de carácter medidas, aunque los docentes reportaron más respeto por las opiniones ajenas y mejor expresión de ideas (Lord et al., 2021).
El ciclo de Kolb y la andragogía de Knowles son marcos de diseño ampliamente usados, no modelos con validación experimental sólida. Tilistli los adopta como tales. Su objetivo es el juicio ético, no el rendimiento académico, y por eso necesita medir sus propios resultados con instrumentos adecuados (véase la sección 10).
7. Sexto precepto: una formación del espíritu, sin doctrina
La formación es laica. No parte de ninguna doctrina religiosa ni la combate: ofrece un espacio donde personas de convicciones distintas pueden deliberar juntas. Esa laicidad es coherente con la tradición de la educación pública mexicana, que el artículo 3.º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (1917/2026) define como ajena a cualquier doctrina religiosa.
La catarsis, lo sublime, la pregunta por el sentido de la vida y la conciencia de la propia dignidad pertenecen a lo que tradicionalmente se ha llamado vida espiritual. Las tradiciones religiosas han cultivado ese ámbito durante siglos, y la Academia lo respeta. Su aporte es distinto: ofrece un terreno común donde creyentes y no creyentes pueden cultivar el juicio, el sentido y la responsabilidad con razones que todos pueden examinar.
El antecedente está en la filosofía antigua. Pierre Hadot (1981/2006) mostró que, para griegos y romanos, la filosofía era un conjunto de ejercicios espirituales: prácticas para examinar la propia vida, dominar las pasiones y transformar la manera de estar en el mundo. Esas prácticas no exigían una fe particular ni se oponían a ella. Los talleres de Tilistli son ejercicios de ese tipo. Una persona de cualquier convicción puede participar en ellos sin renunciar a la suya.
8. Séptimo precepto: juicio, no rebeldía
Una formación en pensamiento crítico puede despertar una sospecha en escuelas, empresas o gobiernos: que produzca personas que cuestionan todo y no cumplen nada. La Academia responde con la distinción de Kant entre el uso privado y el uso público de la razón (Kant, 1784/2004). En su cargo, cada persona cumple su función; como ciudadana que razona ante los demás, puede y debe argumentar con libertad.
Formar el juicio no produce rebeldes. Produce personas capaces de distinguir el momento de cumplir del momento de hablar. Para cualquier institución, esas personas son una salvaguarda: el caso neerlandés muestra lo que cuesta no tener a nadie que pregunte a tiempo.
Frente a la pedagogía del sometimiento
Hubo una tradición educativa que hizo lo contrario, y tiene nombre. Katharina Rutschky (1977) reunió los manuales alemanes de los siglos XVIII y XIX que enseñaban a quebrar la voluntad del niño desde la cuna, y llamó a ese conjunto pedagogía negra. Aquí se le llama pedagogía del sometimiento, que nombra lo mismo sin usar un color como metáfora de lo nefasto. Alice Miller (1980/2010) mostró que esa pedagogía se justificaba siempre con la misma fórmula, por tu propio bien: presentó el castigo como amor y la obediencia como virtud.
Esa formación produce algo preciso: personas que cumplen sin preguntar. Es la figura que recorre toda la cadena del caso neerlandés y la que Arendt (1963/1999) describió al observar el juicio de Eichmann. Las tesis de Miller sobre el origen de la violencia política han sido discutidas, y el programa no las adopta. Sí toma su descripción: una educación que premia la obediencia y castiga la pregunta forma adultos sin criterio propio, y después les reclama criterio cuando ya es tarde.
Tilistli se propone como la alternativa, precepto por precepto. Donde esa tradición pedía obediencia, el programa pide razones. Donde castigaba la pregunta, la convierte en el tercer momento de cada taller. Donde usaba la figura ejemplar para someter, la usa para que cada participante mida sus propias decisiones. Y donde mantenía a la persona en la minoría de edad, repite con Kant que atreverse a saber es el principio de la salida (Kant, 1784/2004).
Esto importa también para la objeción anterior. Quien teme que formar el juicio produzca insubordinación suele estar defendiendo, sin nombrarla, la vieja ecuación entre educar y obedecer. La alternativa no es un aula sin reglas: es un aula donde las reglas se pueden explicar y sostener con razones.
9. Del precepto a la práctica: el itinerario
El proceso formativo de la Academia sigue una secuencia de seis momentos que termina en la acción, no en la opinión:
Experiencia → Catarsis → Reflexión → Juicio → Decisión → Acción responsable
Los siete preceptos se ordenan en esa secuencia, que se despliega en un itinerario de doce talleres.
Los doce talleres recorren progresivamente la relación entre individuo, sociedad y responsabilidad. La secuencia sigue el movimiento que Hegel describió en la formación del sujeto: parte de la persona y su voluntad, pasa por la familia y la vida en común, y llega a las instituciones políticas y al mundo (Hegel, 1821/1999). Cada participante se forma dentro de las instituciones que habita, no al margen de ellas.
| # | Taller | Pregunta guía | Referentes |
|---|---|---|---|
| I · El sujeto moral | |||
| 1 | Ética y moral | ¿Qué distingue lo que se acostumbra de lo que se debe? | Aristóteles, Kant |
| 2 | Lo banal y lo espiritual | ¿Qué da sentido a una vida más allá del consumo y la distracción? | Aristóteles, Hadot, Frankl, Nozick |
| 3 | Voluntad moral | ¿Por qué a veces sabemos lo correcto y no lo hacemos? | Aristóteles |
| 4 | Normas morales | ¿De dónde vienen las normas y cuándo merecen seguirse? | Kant, Kohlberg |
| 5 | Identidad | ¿Quién soy, y cuánto de lo que soy elegí? | Taylor |
| II · La vida en común | |||
| 6 | Familia y sociedad | ¿Qué debo a quienes me formaron, y qué a los demás? | Aristóteles, Hegel |
| 7 | Urbanidad y convivencia | ¿Por qué importan las formas en el trato con desconocidos? | Elias |
| 8 | Normas jurídicas | ¿En qué se distingue la ley de la moral, y qué hacer cuando chocan? | Sófocles, Kant |
| III · Ciudadanía y mundo | |||
| 9 | Responsabilidad cívica y patria | ¿Cómo amar un país sin renunciar a juzgarlo? | Kant, Nussbaum |
| 10 | Derechos humanos y dignidad | ¿Puede ponerse precio a una persona? | Kant, Declaración Universal |
| 11 | Naturaleza y responsabilidad | ¿Qué debemos a lo vivo y a quienes aún no nacen? | Jonas |
| 12 | Democracia y límites de la voluntad | ¿Puede la mayoría decidirlo todo? | Kant, Tocqueville, Arendt |
Bloque I. El sujeto moral
El primer bloque forma la base: distinguir la costumbre del deber, reconocer qué da sentido a una vida y entender por qué a veces no hacemos lo que sabemos correcto.
El taller de ética y moral parte de la distinción entre las costumbres que heredamos y los principios que podemos justificar. El de lo banal y lo espiritual trata lo espiritual en sentido laico, como lo entendía la filosofía antigua según Pierre Hadot (1981/2006): un ejercicio para examinar la propia vida y preguntarse por su sentido. Viktor Frankl (1946/2004) observó en los campos de concentración que quienes encontraban un sentido a su sufrimiento resistían mejor. El experimento de la máquina de experiencias de Robert Nozick (1974/1988) muestra que el placer no basta para una vida buena. El taller de voluntad moral aborda lo que Aristóteles llamó akrasia, la debilidad de la voluntad (Aristóteles, ca. 350 a. C./1985). El de normas morales examina de dónde vienen las normas y cómo madura el razonamiento moral, con apoyo en las etapas que describió Lawrence Kohlberg (1992). Esas etapas han sido discutidas: Carol Gilligan (1982/1985) mostró que la escala se construyó observando sobre todo a varones y que deja fuera el razonamiento centrado en el cuidado. El taller las usa como mapa de una conversación, no como escala de evaluación. El de identidad se pregunta cuánto de lo que somos elegimos, en diálogo con Charles Taylor (1989/1996).
Bloque II. La vida en común
El segundo bloque lleva el juicio a los vínculos cercanos. El taller de familia y sociedad examina lo que debemos a quienes nos formaron y lo que debemos a desconocidos, desde la idea hegeliana de que la persona se forma en instituciones concretas. El de urbanidad y convivencia recupera el valor de las formas: Norbert Elias (1939/1987) mostró que los modales son también una forma de autocontrol y respeto por los demás. El de normas jurídicas distingue la ley de la moral con un relato clásico: Antígona, de Sófocles, la joven que desobedece la orden del rey para enterrar a su hermano (Sófocles, ca. 441 a. C./1981).
Bloque III. Ciudadanía y mundo
El tercer bloque lleva el juicio a la vida pública. El taller de responsabilidad cívica y patria trabaja la tensión entre el amor al propio país y la pertenencia a una comunidad humana más amplia, que Martha Nussbaum (1999) planteó en su debate sobre patriotismo y cosmopolitismo. El de derechos humanos y dignidad parte de la fórmula kantiana de la humanidad: nadie debe ser tratado nunca solamente como medio, sino siempre al mismo tiempo como fin. De ahí se sigue el reino de los fines, la comunidad de personas que se dan leyes unas a otras, donde lo que tiene precio puede sustituirse y lo que tiene dignidad no (Kant, 1785/2012). La Declaración Universal de los Derechos Humanos (Naciones Unidas, 1948) muestra cómo esa idea se volvió derecho positivo. El de naturaleza y responsabilidad retoma el imperativo de Hans Jonas (1979/1995): obrar de modo que los efectos de nuestras acciones sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra. El de democracia y límites de la voluntad pregunta si la mayoría puede decidirlo todo, con la advertencia de Alexis de Tocqueville (1835-1840/1957) sobre la tiranía de la mayoría.
La estructura de cada taller
Todos los talleres siguen la misma estructura de seis momentos:
Relato u obra. Una narración del bien o del mal: histórica, literaria, musical, cinematográfica o cotidiana.
Catarsis. Cada participante dice con qué personaje se identifica y nombra lo que la obra le provocó.
Preguntas. Los participantes formulan las suyas antes de escuchar las del facilitador.
Deliberación. El grupo discute con razones, consecuencias y principios.
Juicio. Cada participante formula y argumenta su propio juicio sobre el caso.
Compromiso. Cada participante define una acción concreta para su vida cotidiana.
10. Qué busca desarrollar y cómo se mide
La Academia busca fortalecer ocho capacidades. Para que no queden como aspiraciones, cada una se asocia con una evidencia observable que el facilitador puede registrar durante los talleres. Las evidencias son una propuesta inicial, a validar en la primera implementación.
| Capacidad | Evidencia observable |
|---|---|
| Reflexionar antes de actuar | Ante un dilema, el participante identifica al menos dos cursos de acción antes de elegir uno |
| Argumentar sus decisiones | Justifica su decisión con al menos una razón, una consecuencia y un principio |
| Reconocer consecuencias | Nombra a quién afecta su decisión, incluidas personas ausentes de la conversación |
| Distinguir conveniencia de responsabilidad | Separa lo que le beneficia de lo que debe hacer, y explica cuándo coinciden y cuándo no |
| Identificar la influencia de normas, familia y entorno | Reconoce de dónde viene una convicción propia y si la sostendría con razones |
| Reconocer la dignidad y los derechos de los demás | Detecta cuándo una situación trata a una persona solo como medio |
| Comprender la relación entre libertad y responsabilidad | Explica una decisión propia en términos de lo que eligió y de lo que le corresponde responder |
| Participar conscientemente en la vida social | Cumple y reporta el compromiso de acción definido al cierre de cada taller |
Las evidencias miden procesos de juicio, no respuestas correctas. Dos participantes pueden llegar a decisiones distintas sobre el mismo dilema y mostrar ambos un juicio bien formado. La rúbrica registra cada evidencia en tres niveles: no aparece, aparece con apoyo del facilitador, o aparece por iniciativa del participante. Ese es el dato que se compara entre el primer taller y el último.
Instrumentos de evaluación
Tilistli se concibe como un sistema de formación y seguimiento, no como un conjunto de talleres aislados. Medir sus resultados cumple dos funciones: mejorar el programa y demostrar a las instituciones que formar el juicio les conviene.
La propuesta inicial combina cuatro instrumentos:
Dilema de entrada y de salida. Al inicio y al cierre del itinerario, cada participante resuelve un dilema equivalente. Se compara la calidad del razonamiento, no la respuesta elegida.
Rúbrica de juicio. El facilitador registra en cada taller las evidencias observables descritas arriba.
Portafolio de compromisos. Cada participante documenta las acciones que se comprometió a realizar y lo que ocurrió al intentarlas.
Seguimiento digital. Entre tres y seis meses después del programa, una consulta breve verifica si las capacidades se sostienen en la vida cotidiana.
11. Cómo llega a las personas
Modalidades de implementación
El programa puede operar en cuatro entornos, con adaptaciones de duración y ejemplos:
| Entorno | Público principal | Adaptación |
|---|---|---|
| Escuelas | Niños y jóvenes | Comunidad de indagación integrada al horario escolar |
| Comunidades | Familias y jóvenes | Talleres abiertos con casos del entorno local |
| Empresas | Adultos trabajadores | Dilemas del trabajo y de la toma de decisiones con tecnología |
| Programas sociales | Poblaciones con menos oportunidades | Formación financiada por organizaciones o instituciones |
Extensión: un canal de catarsis
Un canal digital puede llevar la fase de catarsis fuera del aula. Cada episodio toma una obra, musical, cinematográfica o literaria, y aplica con el público el método de análisis catártico: qué presenta, con qué personaje nos identificamos, qué provoca, qué transforma, qué revela y qué juicio invita a formar. De paso, enseña a distinguir el arte del simple estímulo.
El canal cumpliría dos funciones: ser puerta de entrada al programa y llegar a quienes no pueden asistir a talleres presenciales. Su producción debe respetar los límites legales para citar obras protegidas: fragmentos breves, con fines de análisis y con atribución.
Ampliar el acceso
El modelo permite que la formación contratada por empresas e instituciones financie el acceso de poblaciones con menos oportunidades. Así, el programa responde a su prioridad central, llegar a quienes nunca tuvieron acceso a las humanidades, sin depender solo de donativos.
12. El nombre: por qué Tilistli
Tilistli nombra dos cosas que son una sola: la asociación civil y su academia. La academia es un programa de filosofía práctica, formación ética y educación cívica laica. Su propósito es desarrollar la capacidad de pensar, deliberar, decidir y actuar responsablemente. Su lema lo resume: «No formamos opiniones; formamos criterio».
Tilistli es un término acuñado. Toma del náhuatl la terminación -liztli, que convierte una acción en el estado que esa acción produce: de tlamati, saber, viene tlamatiliztli, la sabiduría. El proyecto no reclama una palabra antigua ni se atribuye su herencia: adopta esa forma para nombrar lo que quiere producir, y le da una definición operativa propia:
Tilistli. Formación del juicio ético, la sensibilidad y la responsabilidad cívica para vivir con sentido y en común.
El nombre recoge la tesis del programa: no se forma solo para trabajar, sino para vivir bien, en el sentido en que Aristóteles hablaba de una vida lograda.
La academia es el brazo formativo de Tilistli, asociación civil en formación cuyo objeto es identificar y corregir sesgos sistémicos: inclinaciones incorporadas al funcionamiento de las instituciones, las tecnologías y las culturas, que producen brechas de conocimiento, de tecnología, de capacidades y de oportunidades. Dentro de ese objeto, a la academia le corresponde el sesgo de criterio descrito al inicio: el que nos lleva a juzgar lo humano por su eficiencia, su rendimiento o su precio. Ese sesgo no se corrige con más tecnología ni con más información. Se corrige formando personas.
Cierre: formar criterio
La inteligencia artificial puede calcular, clasificar y recomendar mejor que cualquier persona. Lo que no puede hacer es preguntarse si lo que calcula es justo. Esa pregunta sigue siendo humana, y se aprende.
Tilistli existe para enseñarla. Forma personas capaces de pensar por sí mismas, juzgar responsablemente y actuar a favor de una convivencia más justa. No les entrega respuestas. Les da la capacidad de encontrarlas y de responder por ellas.
No formamos opiniones; formamos criterio.
Referencias
- Amnistía Internacional. (2021). Xenophobic machines: Discrimination through unregulated use of algorithms in the Dutch childcare benefits scandal (EUR 35/4686/2021). https://www.amnesty.org/en/documents/eur35/4686/2021/en/
- Arendt, H. (1999). Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal (C. Ribalta, Trad.). Lumen. (Obra original publicada en 1963)
- Arendt, H. (2003). Conferencias sobre la filosofía política de Kant (C. Corral, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1982)
- Aristóteles. (1974). Poética (V. García Yebra, Trad.). Gredos. (Obra original publicada ca. 335 a. C.)
- Aristóteles. (1985). Ética nicomaquea. Ética eudemia (J. Pallí Bonet, Trad.). Gredos. (Obra original publicada ca. 350 a. C.)
- Aristóteles. (1990). Retórica (Q. Racionero, Trad.). Gredos. (Obra original publicada ca. 350 a. C.)
- Bloom, P. (2018). Contra la empatía: argumentos para una compasión racional (E. Latapí, Trad.). Taurus. (Obra original publicada en 2016)
- Bushman, B. J. (2002). Does venting anger feed or extinguish the flame? Catharsis, rumination, distraction, anger, and aggressive responding. Personality and Social Psychology Bulletin, 28(6), 724–731. https://doi.org/10.1177/0146167202289002
- Campbell, J. (1959). El héroe de las mil caras: psicoanálisis del mito (L. J. Hernández, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1949)
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Flores Bazán, F. (2026). Formar criterio: los siete preceptos de Tilistli [Preprint]. Zenodo. https://doi.org/10.5281/zenodo.23330893
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